Nuestro Norte: el derecho a imaginar otro futuro
Por qué el derecho a manifestarnos —y la mirada desde el territorio— son indispensables para una democracia capaz de imaginar su futuro.
Hay algo profundamente democrático en salir a la calle para decir que no estamos de acuerdo. Manifestarse es, en esencia, hacer visible una voz que quiere ser escuchada. A veces es una voz individual; otras, la expresión colectiva de miles de personas que comparten una preocupación, una demanda o una esperanza.
Buena parte de los derechos que hoy consideramos normales no aparecieron de manera espontánea. La historia de nuestras sociedades está atravesada por personas que se organizaron, protestaron y cuestionaron aquello que parecía inamovible. Las jornadas laborales limitadas, el derecho a sindicalizarse, el sufragio femenino, los derechos civiles, la protección social y numerosas conquistas democráticas fueron también resultado de movilizaciones sociales y políticas.
Por eso, la protesta no es una anomalía de la democracia. Es una de sus formas de expresión. Las democracias necesitan instituciones, elecciones y leyes, pero también necesitan ciudadanía activa. El voto permite escoger representantes; la manifestación permite expresar públicamente aquello que muchas veces todavía no encuentra espacio suficiente en las instituciones.
Eso no significa que toda protesta sea legítima en cualquiera de sus formas. Como ocurre con cualquier derecho, su ejercicio convive con otros derechos y debe desarrollarse dentro de un marco democrático. La violencia contra personas, la destrucción deliberada o la vulneración de derechos de terceros no se vuelven aceptables simplemente porque ocurran durante una manifestación. Precisamente por eso es importante distinguir entre el derecho a protestar y las conductas que eventualmente puedan cometerse durante una protesta.
En Círculo Norte creemos que esa conversación merece espacio. Porque un círculo es, también, un lugar donde distintas voces pueden encontrarse, discutir y tensionar sus propias certezas. Y porque el norte no es solamente un punto cardinal: es el territorio desde donde miramos Chile, sus desigualdades, sus transformaciones y sus desafíos.
Mirar desde el territorio también significa recordar que los cambios sociales nunca ocurren únicamente en los lugares donde se toman las decisiones. Muchas veces comienzan abajo, en los barrios, en las organizaciones, en los sindicatos, en las universidades, en las calles. Comienzan cuando alguien dice que algo puede ser diferente y otras personas deciden escuchar.
Chile no avanzó porque los movimientos sociales permanecieron siempre conformes. Avanzó también porque generaciones enteras tuvieron el coraje de preguntar por qué las cosas debían seguir siendo como eran.
Por eso, defender el derecho a manifestarnos no significa estar de acuerdo con cada protesta, cada consigna o cada demanda. Significa reconocer una idea más profunda: una democracia saludable debe ser capaz de escuchar incluso aquello que incomoda.
Porque cuando una sociedad deja de permitir que sus ciudadanos cuestionen el presente, comienza a perder la capacidad de imaginar el futuro.
Y quizás ese sea Nuestro Norte: un Chile democrático donde podamos encontrarnos en el mismo círculo, incluso cuando no pensemos igual, y donde manifestarnos siga siendo parte de nuestra manera de construir los futuros posibles.
Las columnas de opinión son responsabilidad de sus autores y no representan necesariamente la línea editorial de Círculo Norte.